ÁGIL PRESENTACIÓN DEL LAZARILLO Por Ziara González Nieves / Notic@mpus Como una caja de sorpresas de la de donde salen las ilusiones de otros, el Carromato del Teatro Rodante aparcó su gran estuche de quimeras frente a la Torre de la Universidad, para allí dar vida a un pícaro mozuelo de la España del 1554. Su trágico-cómica vida buscaba mostrar las hipocresías de una sociedad regida por la monarquía y la Iglesia Católica. En una versión del dramaturgo José Luis Ramos Escobar, el montaje de Lazarillo, dirigido por Dean Zayas, exploró los caricaturescos personajes de la que es considerada la novela que le dio título al género picaresco en la literatura: El Lazarillo de Tormes. Mientras Lazarillo, interpretado por Israel Franco- Müller, buscaba arrimarse “a los buenos”, como le aconsejaría su madre, se topaba con amos que representaban los distintos vicios o codicias de la época. Primero, el ciego, quien le enseñaba al mozuelo el arte de adivinar y mentir a sus “clientes” por una limosna. También, le educaba, indirectamente, sobre maneras en las que Lazarillo podía valerse de su ingenio para robarle un poco (o todo) el vino, y algo de comida. Pero la ira y los maltratos del ciego fueron retribuidos por Lázaro, cuando éste le encaminó a toparse contra una gran piedra, la cual le pudo causar la muerte. Detalle que no se dilucida ni en el montaje teatral, ni en la obra original. El segundo amo de Lázaro, el Sacerdote, resulta más codicioso que el primero, personificando así la hipocresía de la Iglesia de España en medio de la Inquisición. El mozuelo, aprende con éste ciertas artes religiosas y la agilidad para ingeniárselas y poder robar alimento. Su tercer amo, el Escudero, le educa sobre otro tipo de hipocresías, aquellas que hablan de las apariencias que una capa, una espada y un buen sombrero pueden ofrecer en la época. Vestiduras que son preferibles antes que admitir el hambre o la miseria. Esto, tomando en cuenta que para la época, es más valioso el nombre y la apariencia que la propia tierra. Lazarillo pasa somera nota sobre el Clérigo, al igual que hace la obra original del autor anónimo, y salta a las peripecias vividas por Lázaro con el Bulero, quien vende pedazos de papel (bulas) en las que se les ofrece el perdón a las personas que incurran en pecado. Las santas bulas para la salvación y solventar los pecados de la época, también son muestra de una sociedad hipócrita y mercadeable. La vida de Lázaro, ya hecho un hombre, cambia cuando recibe el oficio de pregonero, en donde es comandado a anunciar los pecados, las noticias y los delitos de los demás. En su nueva vida, el protagonista de la historia aplica lo aprendido y se hace vestir con sombreo, capa y espada, lo que representa las apariencias de una vida “mejor”. Vida en la que la que está casado con la amante del Arcipreste. Situación que acepta, porque al fin está “arrimado a los buenos”. El montaje del Teatro Rodante del Lázarillo de Tormes, contó con los toques de un musical, en los momentos en que la vida del protagonista pasaba por una transición de un amo. El uso de este recurso le proveyó a la producción mayor agilidad a los personajes, que ya de por sí poseían toques caricaturescos. No obstante, en ocasiones la música, grabada con las voces de los actores, provocaba cierta dificultad para entender lo que se deseaba narrar en esos momentos. Tal vez, se le pueda adjudicar a esta situación el hecho de que las voces de los actores en vivo se sobreponían sobre la versión grabada, provocando cierta confusión. En aspecto general, el Teatro Rodante logró traer a la vida los arquetipos de una ilusión que se guardan en lo más profundo del Carromato: vestuarios, maquillajes, escenografía y actores universitarios que buscan llevar las quimeras y los sueños del pasado y el presente a nuevos rumbos.
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Fotos J. Perez-Mesa / Notic@mpus |