RECINTO DE RÍO PIEDRAS CELEBRA LEGADO HOSTOSIANO Por Ámbar Gutiérrez Báez / Notic@mpus Hace justo 169 años que el insigne maestro y pensador puertorriqueño Eugenio María de Hostos naciera en la ciudad mayagüezana, y, para celebrar el acontecimiento, la Universidad celebró la efeméride de dos maneras: recordando el legado e instalando la figura que ostentará la honrosa Cátedra Eugenio María de Hostos. El primer honor, las remembranzas, las compartieron varias autoridades que recapitularon las obras y los aportes del pensador caribeño. Entre ella estuvo la rectora del Recinto de Río Piedras, doctora Gladys Escalona de Motta, quien sustentó su mensaje en el Tratado de Moral de Hostos y su concepto de “naturaleza física” aplicado a la conservación de los recursos naturales, así como al logro de la armonía entre la naturaleza y el ser humano. Su pensamiento y palabras, inspiradas en la sugerente frase “coacciones terrestres”, se volcaron hacia los insistentes cuestionamientos ciudadanos sobre la legitimidad de colocar proyectos desarrollistas en espacios de valor natural, y hacia el compromiso del recinto de Río Piedras con crear un equilibrio sabio y efectivo ente la preservación del espacio natural y la necesidad humana de sostenerse y habitar en esa naturaleza.Escalona expresó que “para Hostos, hay deberes naturales, deberes individuales y deberes sociales… los deberes para con la naturaleza… son los que más inducen a contemplar el orden de la naturaleza exterior como una responsabilidad personal, de tal modo que ninguno de nuestros actos o propósitos contradiga de manera esencial ese orden físico. Para Hostos, lo natural, el mundo físico, es parte clave de la civilización, y en ese sentido el ser humano debe labrarse su habitación en el mundo, no a contrapelo o en oposición a lo natural, sino en una plena colaboración con su entorno, que se erige como deber humano que es, en última instancia, un deber plenamente social”. Señaló, además en su mensaje, que “somos responsables de nuestro mundo”, y exhortó a que “seamos sabios en su manejo, tal que hagamos del planeta nuestra mejor habitación, la más bella, la más eficiente y la más duradera”. La rectora se retiró del podio, no sin antes recordar el centenario de Doña Inés María Mendoza, citando un fragmento de su Carta a mis hijas sobre la tierra, como un ejemplo de la esencia del pensamiento hostosiano: Somos cada vez más pobres los puertorriqueños cuando desaparece una variedad de las especies de la vida natural de la Isla. Éramos más ricos con los sabores de caimito, calambreñas, guamá y corazones. Somos más pobres sin las rosas francias, sin las de la tierra, sin heliotropos, nardos y estefanotas. Somos más pobres sin el aroma de la reseda, del miro, de malaguetas y alcanfores. Éramos más ricos con el canto de las aves y con los asombros en las miradas de los niños cuando podían seguirles el vuelo a los pájaros. Porque es el desaire, el desamor lo que deshila el variado tejido fuerte de la tierra, el que apaga y borra el rico diseño de la naturaleza –así el desamor destruye la habitación del hombre en la Isla y por eso les escribo esta carta. A la rectora de sucedió la doctora Celeste Freytes, en representación del presidente de la UPR, licenciado Antonio García Padilla. Freytes mencionó las múltiples y variadas iniciativas y proyectos para compilar y diseminar las valiosas obras de Hostos, mediante La Editorial de la UPR, y también reconocerlo como embajador de un pensamiento excelso de carácter universal. De otra parte, la directora del Instituto Hostosiano, Vivian Auffant, comunicó que han brindado apoyo a la iniciativa de traducir al francés la herencia literaria de este prócer, la cual se logrará en coordinación con una Universidad en Francia.
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La actividad conmemorativa cerró con la disertación del doctor Fernando Picó, quien este año ostentará la Cátedra de Honor Eugenio María de Hostos. Su mensaje, titulado Fundamentalismo y la Universidad, invitaba a promover el estudio crítico y razonado de todos los aspectos de nuestra vida. Y apuntó al uso y desarrollo de dos tipos de discursos, cuyas instituciones madres hacen que se alejen más: el lenguaje científico asentado en la universidad, y el lenguaje de la experiencia religiosa desplazado a los templos. Picó explicó en un recuento histórico cómo poco a poco se amplió la fisura entre las lecturas analíticas y lecturas fundamentalistas de los textos sagrados en su alocución. Y apuntó esa fisura fue análoga a la que se ha experimentado en otros campos, por ejemplo, entre las lecturas interpretativas y lecturas literales de la constitución de estados unidos. Indicó el historiador que la tenencia fundamentalista ha sido desarrollarse en aislamiento y sin diálogo con otras corrientes de pensamiento. Por ello, “en esas circunstancias ha sido fácil caer en la tentación de demonizar a quien hace lecturas alternas y de intentar imponer lecturas literales del canon recibido al resto de la sociedad. Los atropellos resultantes de estas prácticas son manifiestos… Los resultados para la vida intelectual son devastadores; sólo hay que pensar en los efectos que la condena eclesiástica de las enseñanzas de galileo tuvo para la ciencia italiana en el siglo 17”, manifestó. “Entender la experiencia religiosa con la ayuda de disciplinas académicas es iluminarla… En la medida en que la historia de las experiencias religiosas se examine con la disciplina y el rigor académico se crea un espacio para el diálogo fértil entre fe y razón”. Sin embargo, expuso que el fundamentalismo religioso no tiene el monopolio de la intolerancia, porque hay otros fundamentalismos como el político y el cultural que buscan también marginar y excluir, canonizar y desautorizar. Afirmó, pues, que “cualquiera que sea la naturaleza del fundamentalismo, cualquiera que sea el afán por rebajar al otro o a la otra a someterse a los dictámenes y las interpretaciones arbitrarias de unos pocos, la misión universitaria es siempre la misma, leer críticamente, analizar comparativamente, integrar los conocimientos y facultar los entendimientos”. Su mensaje exhortó a la Universidad a formar estas actitudes críticas, “que tan vitales son para desarticular los abusos de poder de aquellos que se creen comisionados por el más allá para perseguir a otros en el más acá”. Fernando Picó, quien sigue la filosofía de San Ignacio como sacerdote jesuita, obtuvo su doctorado en el 1970 en la Universidad de John Hopkins, y desde 1972 ha enseñado en el Departamento de Historia de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Especialista en Historia Medieval, Picó es uno de los intelectuales más prestigiosos de la Universidad de Puerto Rico. Su prolífera obra, entre la cual figura el libro Historia general de Puerto Rico, ha sentado pautas en la historiografía puertorriqueña y ha enriquecido los ofrecimientos curriculares de las instituciones educativas en la isla. La gestión de este distinguido catedrático y sacerdote, trasciende las aulas como un ejemplo vivo de sensibilidad y compromiso social con aquellos seres más marginados de la sociedad. Otros títulos de su autoría son Registro general de jornaleros de Utuado 1849-50 (editor, 1977), Libertad y servidumbre en el Puerto Rico del siglo XIX (1979), Amargo café (1981), Las vallas rotas (1982), Los gallos peleados (1983), Vivir en Caimito (1989), Historia de Caimito (1992), Don Quijote en motora (1993), El día menos pensado: historia de los presidiarios en Puerto Rico (1793-1993), San Fernando de la Carolina: identidades y representaciones; Cayeyanos: familias y solidaridades en la historia de Cayey; y el cuento infantil La peineta colorada, entre otros. |